Este libro es un lugar en el lenguaje, un espacio proliferante y en expansión como-dicen-el universo. Su naturaleza arbórea de árbol sin centro, sin tronco, ramas que remiten a otras ramas, hojas de hierba en un día especialmente ventoso y flotante invita a la perplejidad. La perplejidad que precede a la hipnosis. Su ensalmo o conjuro o canción se origina en la sintaxis del idioma. El lector quedará así expuesto, antes que nada, a una experiencia sonámbula del lenguaje -una erótica del discurrir- muy lejos de la faena diaria que se agota en la demanda de sentido.
Este libro es también una lista: «la larga lista de nombres que escribiste debajo de un puente, una tarde de verano, mucho antes de conocer la felicidad>>.
Una lista, digo, en la que el logos-en su inmenso apetito parece estar a punto de incorporarlo todo (no hay afueras del lenguaje, sino un lenguaje del afuera). De ahí que su orden y su sistema no sea otro que el alfabético. Un orden que no ordena pero que facilita, y mucho, la tarea de encontrar, de rastrear el fondo y de sacar a la superficie. A la manera de una red o «colección de acantilados».